Toma un Café con Fabiola

18.06.2021


Los Primeros Pasos...

Una muchacha poco quejumbrosa transitaba sobre la banqueta del bulevar principal, que por nombre lleva avenida universidad, casi a la cancela de un gran centro comercial. Una larga carretera de cuatro carriles que atraviesa la ciudad de Coatzacoalcos, Veracruz. Una de tantas ciudades respetadas por los turistas bohemios. A lo lejos, se divisaba la torrencial lluvia que remoloneaba sus películas de agua, causado por los garbinos que azotaban casi de continuo. 

Como siempre, el servicio meteorológico no acertó en absoluto el estado del clima senescente al día siguiente. No obstante, allí venía corriendo aquella dama joven, entre muchas otras personas presas de los cantaros lluviosos. Que irónico, caminando y luego trotando, el turbión la había alcanzado. Menos mal que cargaba consigo misma una sombrilla, muy deteriorada que apenas y podía deslizarse el tubo corroído que acuña la clavija al entresijo. Ingresó al centro comercial reconocido de aquella ciudad, el famoso Foro de Coatzacoalcos. 

La más grande de todas, la cual conectaba diversas tiendas de índoles marcas y prestigiosos productos así como artículos de belleza, autos, electrónicos, etc. Al llegar, entre las vociferas tarariras su palabra no resaltó, ni siquiera columbró a ningún conocido amigo que pudiera acompañarle a tomar un café o quizás un té.

Parte del agua precipitada se escurría de aquella sombrilla, levemente mojó a nuestra comensal invitada, apenas y podía cernirse ante el resto del panorama urbano que tenía enfrente. Enrolló su paraguas y comenzó a caminar para mantener esa columbra divagante, aguardando quizá por un amigo, un colactáneo familiar, que la invitase a tomar un café. No vio a nadie que le pareciera conocido, vislumbró un poco más, nada. Entonces se dirigió al cafetín para degustarlo como es costumbre.

¡Pues sola! La núbil doncella entró a la cafetería cuyo nombre le precedía por ser el mejor: "Café con Piernas". Un lugar muy entretenido con un ambiente armonioso; adornado con pinturas de arte abstracto, producto de pintores aficionados e intermedios. Qué decir de la mueblería; los taburetes de buena calidad, algunos de bambú y el resto de cedro. Sin mencionar claro, acerca de la música amena, aquel género Jazz a muy bajo tono, que arrancaba tu estrés sea cual fuere la razón proveniente de alguna mácula inherente. Un lugar digno para acudir con los amigos. 

Y por si fuera poco, las meseras ostentaban cuerpos esculturalmente atractivos. Unos indumentos atiborrados de una gloria satiriasis para aquel cliente masculino. Aun así, las empleadas vestían minifaldas dejando ver sus perniles en su mayor expresión. Un espectáculo carnal, pero sin caer tanto en la vulgaridad pues es un sitio increíblemente familiar. Pero eso es solo una vaga descripción del lugar. Entonces nuestra bella mujer toma asiento en la mesa contigua al ventanal. Allí deja su bolso y recuesta su paraguas a un costado de los muebles, aguardando por la mesera.

-Hola buenos días, bienvenida a Café con Piernas, le atiende Joaquina Esther Palacios, ¿Puedo tomar su orden?

-Un café capuchino por favor... ¡Ah! Y unos cuernitos con relleno de queso y jamón-.

-En seguida se los traigo-.

-Gracias.

En su primer día de vacaciones, temprano por la mañana la hermosa chava decidió ir a gustar de un entorno diferente al habitual. Una vida sedentaria inmiscuida en la rutina del día a día. Cocinar en su lecho era parte de lo burdo y lo cotidiano, basado en dubitaciones que ella arremetía contra su intelecto. Nuestra invitada vanagloriaba tener suficiente tiempo para compartir con alguien más, un amigo quizás. 

Hasta hace poco era egoísta con el amor, no lo abrazaba y literalmente moría cada segundo que pasaba. Su aspecto era bien parecido. Una mujer dotada de una gran inteligencia, delgada tal cual modelo de revista masculina deseaba añorar los jóvenes calientes. Su cabello, negro como todos pero con un olor semejante al verde ambiente de un bosque refulgente. Equiparable con el aroma excitante de las fragancias que fabricaban las hadas de la mitología nórdica. Tez blanca y con un cutis envidiable, presumía una mirada pícara, pero su principal defecto eran sus orejas. 

No le agradaba para nada la orientación natural de sus ternillas, las cuales estaban ligeramente alzadas hacia la derecha. La gente ingrata siempre hacía mofa de ello. Por lo cual, dejaba caer su pelo, ocultando así sus prodigiosas aberturas auditivas. Sin embargo; pregonaba un gran barrunto envidiable, cosa cerrada le aumentaba su capacidad de ilación hacia las incógnitas que atravesaba su persona. En fin, irradiaba candor hacia los demás. Solo pocos podrían apreciar esa virtud envidiable y ostentosa. 

La comensal Fabiola acudió al recinto en mención muy al estilo casual. La torrencial precipitación ya se veía venir, así que sus indumentos eran apropiados para pasarla bien. Usando un gorrillo rosa fabricado por costureras regionales, pregonaba dos trenzas de tela y un bulto en el testuz, icónicamente un artículo del último grito de la moda, en términos arcaicos. En cuanto al torso, decidió complementarlo con un abrigo rojo donado por su querida abuela, el cual combinaba con una bufanda multicolor del mismo lienzo. Y recalcando su columbra ladina, las ornamentaba utilizando unos monóculos de aumento, dando ese estimulo nerd del cual se jactaba meramente entre sus amistades. 

Y qué decir de sus perniles, se lució con sus botas negras de piel superpuestas en su pantalón de mezclilla. En retrospectiva, cualquier taciturno rogaría por salir con ella en una cita. 

-Aquí tiene. Que lo disfrute y con permiso-. Musita la mesonera.

-Muchas gracias. Replica la bella dama.

Una vista semi panorámica en frente suya. Vapuleada por un estacionamiento de vehículos mal colocada, tenía su mirada perdida mientras escanciaba un sorbo de café, ese que tanto adula. Un poco caliente pero soportable al paladar exigente. A la cancela ingresa una pareja de recién casados, sus lisonjeras expresiones faciales así los delataban.

La dulce moza cataba su segundo sorbo de café, acuñando la taza engalada muy al estilo de etiqueta, sobresaliendo su meñique derecho. Echó un atisbo a la dupla de enamorados. Elucubró por un instante su estado celibal. ¿Por qué? Nada le detiene estar sola. Una muchacha que aprovecha su soltería exageradamente, se convierte en egoísta a futuro, que más tarde estaría fanfarroneando soliloquios plasmados en la adenda privada, aquella que se resguarda en la cajonera de un buró contiguo a la cama, o bajo de ésta. Pero no nuestra comensal. Porque es perspicaz, nunca conformista ni atenida a otros. Inyecta una segunda mirada a los tortolos. -Ya es hora, buscaré a alguien con quien pueda sentirme segura. 

-Vamos a darnos una oportunidad. Monologaba aquella iluminada fémina. Para si misma respondía sus propias cuestiones íntegras, aunque se detuviera a pensarlo meticulosamente. ¿Acaso se la pasaría sola el resto de su vida? Fabiola había tenido malas experiencias románticas en el pasado, éstas la orillaron a elucubrar que quizá el amor es selectivo, como una especie de partícula invisible que decide a quien fusionarse.

Aquí venía su tercer sorbo de café cuando le interrumpe un galante mozo muy parecido también. El cual salió por detrás de la mesa donde nuestra comensal estaba.

-Hola. ¿Cómo lograste esa consistencia en tu café? Por más que trato de endulzarlo lo suficiente no adquiero esa mezcla consistente -. Interrumpió un apuesto hombre que salió de una mesa contigua. Pregonando huroneo y quizá, hasta buscar una excusa para entablar una charla amena con Fabiola. Aquel varón no paraba de sonreír y presumiendo esos increíbles dientes blancos, sus ojos atisbadores no le despegaron ni un tris a los de Taxilaga.

-Oh, hola. Solo tienes que usar tres cucharaditas de azúcar y una de leche descremada. Ese es mi secreto, aunque somos de paladares exigentes.

-Tomaré nota, lo intentaré con mi próxima taza.

-Seguro, hazlo. No pierdes nada. Replicó Taxilaga, pero ciertamente no estaba sorprendida por la llegada inoportuna de aquel masculino. Su mente le orillaba a observarlo meticulosamente. Su subconsciente le remembraba otra cosa.

-Disculpa mi atrevimiento pero noté que estás sola y me preguntaba si puedo

acompañarte.

Inesperadamente, esa picardía se elogiaba tras la indulta expresión de la damisela. Quien sorpresivamente se inmutó como si lo que dijera anteriormente, fuera una especie de hechizo romántico. Pensó, analizó y masculló: - ¡Claro! ¿Por qué no?

-Gracias. Replicó el galán.

-Toma asiento, y tú eres...

-Por cierto, mi nombre es Hansel Fandiño y tú ¿cuál es tu nombre? -.

Va por el cuarto sorbo de café, mitiga su timidez ante un extraño, columbrando su aspecto respetable.

-Me llamo Fabiola Taxilaga. Responde la bella dama.

-Mucho gusto Taxilaga. Musita Hansel.

Continúa leyendo...


SINOPSIS:

Catalogada como una extrovertida mujer, se rodea de personas interesantes y rara vez acepta a alguien opuesto a sus requerimientos sociales. Estudiosa y con la reputación de un espíritu dedicado, se mantiene al día en avances científicos y gusta de la buena lectura, diversos tópicos son su vicio, reunirse con sus amigos es otra de sus diversificadas actividades. En cuanto al amor, es un caso difícil de comprender para aquellos que la conocen desde arduo tiempo.
Como no sucumbir ante la falacia. He aquí una breve anécdota contada desde un cafetín honorable, a su manera. De una bella chava que ingresa y disfruta de un buen café. Sin pensar a cuentas, diestra y siniestra, que unos cuantos chicos merecen la oportunidad de sentarse y gustar de una buena taza de cafeto. Quizás y hasta se formen en fila india para esperar por un turno, ya que la belleza arlequinesca de la afamada así lo amerita. Que pensar de sus mentes divergentes. Acaso tendrán un "chance" como se dice en aquellas lejanías mexicanas. Ven a descubrirlo, siéntate y goza de un buen café con Fabiola. 
De venta exclusiva en Amazon.

Compartan, queridos lectores.